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Hay una tristeza hermosa y cruel en desear con el alma algo que jamás volverá. Es extrañar un tiempo, una persona, un abrazo, una mascota o una versión de nosotros mismos que quedó atrapada en su momento que el tiempo no decidió repetir. El corazón asume que todo terminó y aun así sigue imaginando lo bonito que sería revivir lo que alguna vez le hizo tan feliz. Con el tiempo se aprende que hay cosas que no vuelven, por mucho que las deseemos, y eso hace parte de sanar. Es imposible borrar lo vivido ni fingir que nunca importó, sino agradecer lo que fue y todo lo que nos dejó.