4
Me costó muchas tristezas entender que mi tranquilidad no tiene precio. Muchas veces soporté cargas emocionales que ni eran mías; sumado a lo que ya sentía, me aferré sin razón solo por el miedo a soltar, sin darme cuenta de cuánto me estaba desgastando por dentro. Con el tiempo comprendí que vivir en calma vale más que intentar sostener lo que no genera más que ansiedad y cansancio. Aprendí a cuidar de mí, a tomar distancia de todo lo que me altere, porque no quiero volver a negociar mi paz interior ni sacrificarme por nada.