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Habla con Dios y suelta el dolor para que recibas su consuelo y bendición. No hace falta tener las palabras perfectas, basta que le hables con sinceridad, desde el alma y le permitas que escuche lo que a veces ni sabes como expresar. Cuéntale tus temores, tus dudas, tus cansancios, para que puedas soltar el dolor en sus manos y te abrece con la calma que sana y renueva.