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Para decir mentiras hay que tener buena memoria, para decir la verdad, valor. Porque cada engaño exige recordar lo dicho, sostenerlo y cargar con el peso de la falsedad. En cambio, para hablar con la verdad no se necesita nada, solo el valor de asumir las consecuencias, para ser transparente, aunque a veces incomode, eso sí teniendo el tacto y el respeto adecuado. La mentira ata y desgasta, la verdad libera y fortalece, incluso cuando duele. Al final siempre será mejor tener un corazón valiente que una memoria cargada de falsedades.