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La belleza no es nada si no se tiene un buen corazón, porque lo que realmente permanece no se ve, sino que se siente. La apariencia puede llamar la atención por un momento, pero es la manera en que alguien trata, escucha y respeta a los demás lo que deja una huella real. Un buen corazón se refleja en los gestos simples, en la empatía, en la honestidad y en la capacidad e hacer sentir bien a otros sin esperar nada a cambio ni perderse en cada gesto. Al final la belleza que nace del interior es la única que no se apaga con el tiempo.