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La vida pasa tan deprisa que a veces el alma no tiene tiempo de envejecer. Los días corren, los años se nos escapan entre la rutina y los silencios, pero dentro de nosotros permanece intacta esa esencia que no conoce arrugas ni calendarios. El cuerpo puede desgastarse y marcarse por el paso de los años, pero el alma guarda siempre la frescura, la inocencia y la capacidad infinita de amar. Tal vez sea ese su secreto, mientras que la vida corre como un río, el alma se detiene a contemplarle desde lo eterno.