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Hay abrazos que se recuerdan toda una vida. No por su duración, sino por aquello que despiertan en un instante: la calma y el refugio cuando todo pesa, la certeza cuando las palabras no alcanzan. Esos gestos silenciosos, pero demasiado valiosos, que demuestran la presencia incondicional sin necesidad de explicar demás. Llegan en el momento justo para rearmarte, para sostenerte y darte calma.