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El amor de Dios es lo que me sostiene, bendice y fortalece. Es un refugio constante al que regreso en medio de la incertidumbre y me brinda tranquilidad sin importar las circunstancias. En Él encuentro dirección y una presencia que me acompaña sin exigirme perfección, pero está transformándome desde lo más profundo. Cuando las fuerzas me faltan, su amor me levanta y me impulsa a continuar; es una fuerza firme dentro de mí que me renueva y me recuerda que este camino no lo transito en soledad.