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Muchas veces, no es cómo lo dices, es lo que dices lo que realmente cuenta. Porque al final las palabras tienen su propio peso, una intención que va más allá del tono o la forma. Puedes hablar con suavidad, pero si lo que expresas carece de verdad o respeto, el mensaje termina perdiendo su valor. En cambio, cuando lo que dices viene desde la sinceridad y la coherencia, aunque no siempre sea expresado del mejor modo, se sienten y se comprenden. Las palabras honestas, claras y justas, aunque a veces duelan, construyen más que las que están llenas de mil adornos vacíos.