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Cuando se ama de verdad, se respeta hasta con el pensamiento. No se trata solo de lo que se dice en presencia del otro, sino de la manera en que se le honra incluso cuando no está presente. El respeto auténtico nace, no se impone, cuida la intimidad del vínculo, evita comparaciones innecesarias y protege la dignidad del otro en todo momento. Amar, implica ser coherente con lo que se siente, no se pone a buscar excusas para fallar, sino razones para cuidar. La lealtad nace, no se impone y es allí donde la conexión se vuelve profunda y verdadera.