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Aprendí a levantarme, sin que nadie me diera la mano y aquí sigo. Tropecé muchas veces, más de las que imaginaba y aún así, volví a ponerme en pie. Me guardé mis batallas, contuve mis lágrimas y descubrí en mí una fortaleza que no sabía que existía. Aquí sigo caminando con cicatrices que no me avergüenzan, por que son pruebas de que resistí y aprendí.