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Al final sólo quedan fotografías mentales de momentos preciosos, esos que marcaron el alma. No fueron captadas por ningún dispositivo, sino con el corazón: esas miradas que hablaron sin palabras, risas, abrazos que contuvieron más amor del que pudimos decir, lugares a los que ya no volvimos, personas que ya no están o siguieron distintos caminos, todas esas imágenes permanecen intactas en la memoria y con ellas las sensaciones que nos produjeron y allí volvemos cada vez que queremos, porque aunque todo pase lo vivido con el alma nunca se borra.