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Si constantemente tienes que pedir respeto, ahí no es, porque donde realmente te valoran no necesitas recordar tu dignidad ni justificar tus límites. Cuando estás en un lugar sano, el respeto fluye de manera natural, nace de la empatía del otro y se sostiene con hechos, no con discursos extensos. Y cuando no es así, cuando sientes la necesidad de pedirlo, está en un espacio donde no perteneces y que terminará drenándote física y mentalmente.