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Afortunados los que saben irse cuando ya es hora. Porque no todo el mundo tiene la valentía de reconocer que un ciclo terminó, que una situación ya no aporta o que un lugar dejó de merecer su presencia. Dichosos quienes entienden que soltar no es perder, sino honrar lo vivido y proteger su bienestar. Quienes eligen marcharse a tiempo se ahorran heridas innecesarias y abren espacio a lo que si está destinado a llegar. Irse cuando corresponde es un acto de madurez, de claridad y de amor propio.