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Sólo Dios sabe lo que soy, lo que siento, lo que pienso y lo que callo, sólo Él puede juzgarme. Sabe lo que guardo en mi corazón, lo que me alegra y lo que me duele, lo que pienso y todo lo que me guardo por prudencia o temor. Sólo Dios entiende mis luchas internas, mis intenciones, mis batallas y hasta mis sueños más locos. Por eso es que sólo Él tiene el derecho y la sabiduría para juzgarme.