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Normalicemos orar antes de tomar decisiones, como un acto consciente de pausa que nos permita escuchar más allá del ruido externo y no actuar meramente desde el impulso; buscar la claridad y permitirle a la mente tranquilizarse y alinear lo que sientes con lo que realmente necesitas. En ese espacio íntimo, las decisiones dejan de ser una carga y se convierten en una oportunidad para avanzar con coherencia, sin depender solamente de las circunstancias, sino de la confianza en sí mismo y la fe.