Aprendí a manejar el arte del desapego y aunque me duela el alma, puedo dejar en paz a cualquiera, irme y no volver. Ya no necesito insistir donde no me valoran, pedir explicaciones a quien no tiene el más mínimo interés en darlas ni buscar un lugar en la vida de alguien que no desee compartir el suyo conmigo. Y aunque a veces me duela, sé respetar las decisiones ajenas, aunque no quiera. Extraño y siento tristeza, incluso recuerdo con cariño, pero eso no me lleva a regresar. Si alguien encuentra tranquilidad lejos de mí, lo entiendo porque no me quiero aferrar a quien no le hago ni me hará ningún bien.