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Siempre agradeceré a la gente que sin ser familia, me tendió su mano. Llegaron sin obligación, pero con una disposición genuina de brindarme su apoyo, de escuchar o de acompañarme. Esos gestos dejaron huella porque aparecieron en el momento cuanto más lo necesité; entonces aprendí que la cercanía no depende de la sangre, sino del corazón y la intención. Ahora guardo una gratitud inmensa hacia quienes, sin deberme nada, me ofrecieron su apoyo y empatía, recordándome que aún hay gente bondadosa en el camino.