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No se tiene más razón gritando ni se deja huella pisando. La verdad no se impone con el ruido, sino que se sostiene con la calma y la claridad de los argumentos. Tampoco se deja huella devaluando ni siendo prepotente, por el contrario la bondad, el respeto y la empatía deja huellas agradables al recuerdo. La grandeza de una persona no está en cuánto se impone, sino en cuánto inspira; no en cuánto somete, sino en cuánto alienta a los demás. Al final, lo que perdura en la memoria no son los pasos que aplastaron sino los que acompañaron con respeto y afecto.